Stephen Glass y el periodismo de ficción

PR08_GLASS_130213_RUBÉN REYES CARRASCO

Stephen Glass era un prometedor periodista que, tras haber destacado como director del diario de la Universidad de Pensilvania, consiguió un puesto de trabajo en The New Republic, como asistente de redacción, una reputada revista que destacaba por su detallado análisis político y que podía presumir de ser la única que “viajaba en el Air Force One [avión presidencial del presidente de los Estados Unidos] con el presidente”, dejando bien claro que la revista tenía una repercusión política que hacía que cualquier periodista deseara trabajar en ella. Y Stephen Glass era uno de esos afortunados.

El prometedor periodista pronto comenzó a destacar con las publicaciones de interesantes y simpáticas historias extraordinariamente relatadas que le hicieron ganarse al público. Historias que pronto se desmoronaron como un castillo de naipes. La publicación de su artículo “Hack Heaven” fue con el que Glass cavó su propia tumba periodística. La historia de un joven pirata informático (hacker en inglés) que había conseguido atentar contra Jukt Micronics y esto le granjeó una oferta de la empresa informática para trabajar con ello. Las exigencias del “púber” hacker fueron las suscripciones a Penthouse y Playboy, el ejemplar nº1 del cómic X-Men, viajar a Disneyland y un Miata (nombre con el que también se conoce al Mazda MX-5), para acabar despidiendo a los directivos de Jukt Micronics con un grito tan rotundo como cinematográfico: ¡Show me the money!

La publicación de un tema tan “digital” en un medio tan tradicional como The New Republic, llamó la atención de Adam Penenberg, periodista con una mayor trayectoria “digital” que trabajaba en Forbes Digital y no entendía cómo no se había enterado de una historia como tal. Así pues, el bueno de Adam se puso a comprobar las fuentes y datos del artículo para acabar dando como resultado que todo era una patraña, una farsa, un invento del prometedor periodista Stephen Glass.  De sus 41 artículos publicados, un total de 27 eran inventados en su totalidad, o parcialmente. Es menester comentar que el equipo de Forbes Digital contó con la ayuda del director de The New Republic, Charles Lane, que comenzó una investigación interna, que si bien al principio le provocó alguna enemistad en el seno de la redacción, finalmente, y tras la comprobación de las mentiras de Glass, finalmente fue vital para descubrir los tejemanejes del joven periodista.

Por un lado, el análisis de la web de Jukt Micronics dió como resultado una web que no podía pasar como profesional para un periodista con experiencia en lo online (como los de Forbes Digital), algo que no ocurría con el director de The New Republic, Charles Lane, que reconocía que tenía nula experiencia en lo digital. Comenzaron a cotejar datos y comprobaron como muchas de las fuentes no existían, no existía tal congreso de hackers, ni el hacker en sí. Una de las investigaciones que más mérito tuvo fue la del número de teléfono de Jukt Micronics, ya que, acertadamente, Adam Penenberg hizo que dos teléfonos llamaran a la vez a dicho número y fue así como se dieron cuenta que la teórica empresa sólo contaba con una línea de teléfono, algo bastante poco inusual en una empresa de gran volumen, como así comentaba Stephen Glass en su historia. Fue un ejercicio que desenmascaró al impostor periodista, pero por otro lado (y no aparece reflejado en la película), deja al aire las vergüenzas del ejercicio de comprobación de fuentes y datos del que tanto presumía la redacción de The New Republic, lo que empuja a un servidor a pensar (si piensa mal) que si un periodista pudo engañar tan fácilmente a tantos redactores, editores, etc., que comprobaban los datos y los reportajes, ¿por qué no lo pudo hacer algún otro? Con esto quiero decir que no sólo queda al descubierto Stephen Glass, sino que también queda al descubierto la fiabilidad de The New Republic y eso es algo que no se destaca apenas en el film de Billy Ray.

Stephen Glass fue despedido y acabó sus estudios de Derecho, de lo que ahora ejerce e incluso escribió un libro (“El Fabulador” [Ed. Planeta Internacional, noviembre 2003]) donde intentó lavar su imagen, cosa que no consiguió. Tras su ansia de fama, causa de la invención de todos esos artículos, ha pasado a un oscuro ostracismo.

Hoy día sería un error pensar que el rigor periodístico, la verificación y el buen periodismo, son sólo sinónimos de medios tradicionales. Son sinónimos, simple y llanamente, de los buenos periodistas. De aquellos a los que su ética les dice que tienen que trabajar acordes a las “reglas del juego” y no inventarse fuentes, datos o artículos al completo. Si eso no fuera así y no existieran las excepciones que confirman la regla (Stephen Glass, Jayson Blair o Johann Hari), no sólo el buen periodismo estaría perdido, sino todo el periodismo estaría abocado a la desconfianza del público y al desastre, a la desaparición. Los medios tradicionales y los medios digitales son las dos caras de una misma moneda y hay razones para pensar que en ambas se pueden encontrar ejemplos de los tres sinónimos enunciados más arriba: Periodismohumano, En la boca del lobo, Hotel Palestina, entre otros. Por el contrario, en el periodismo tradicional también podemos encontrar historias que han resultado ser falsas o manipuladas intencionalmente: La portada de Chavez de El País, estadísticas y datos del movimiento 15-M, las nacionalizaciones de empresas españolas en el extranjero, etc.

En definitiva, el rigor, verificación y buen periodismo se practica tanto en unos medios como en otros, independientemente de si son tradicionales o no. La pelota está en el tejado del periodista que es el que debe llevar a cabo ese rigor, esa verificación y ese buen periodismo. Y si eso se le inculca al periodista, el oficio habrá ganado mucho.

Conclusiones del caso Stephen Glass y The New Republic:

  1. Aunque una historia sea buena y parezca interesante, hay que comprobarla, sin dejarse influenciar por la relación o la personalidad del periodista que la publica.
  2. Internet es una herramienta que ha facilitado la transmisión de la información y la comprobación de la misma, aunque también tiene otra cara, la del anonimato y la posibilidad de difundir informaciones falsas haciéndolas pasar por verdaderas. Internet facilita la invención y el plagio, pero también lo hace más fácil de descubrir.
  3. El verdadero periodista disfruta ejerciendo su trabajo de la mejor manera posible, comprobando la procedencia de las informaciones y no inventando ni fuentes ni datos. El éxito y ganar lectores, llegará paulatinamente si el periodista realiza su trabajo acertadamente.
  4. Conviene revisar los dispositivos para la verificación de la información en cualquier medio, cada cierto tiempo, ya que normalmente las estructuras que verificaban la información vehemente y concienzudamente, tras el paso del tiempo, se suelen tranquilizar y es ahí donde pueden darse casos de periodismo de ficción.
  5. El Periodismo tiene en lo más alto de la pirámide la verdad, la transmisión de hechos noticiosos e informaciones verdaderas, en el momento que esto no es así, el Periodismo no tiene sentido. No hay que confundir Periodismo con literatura.

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